El arte de descartar: por qué hago menos cosas que hace cinco años

El arte de descartar: por qué hago menos cosas que hace cinco años

En 2021 tenía diecisiete proyectos activos al mismo tiempo. Los conté un domingo por la tarde porque mi mujer me dijo algo que me dolió: "Empiezas muchas cosas y no terminas ninguna." Le dije que no era verdad. Luego me puse a contar y resultó que era absolutamente verdad.

Diecisiete proyectos. Algunos eran importantes, otros eran interesantes, y la mayoría eran compromisos que había adquirido sin pensarlo demasiado. Un curso que iba a lanzar. Una colaboración con alguien que me caía bien. Un proyecto paralelo que "algún día" iba a ser rentable. Una formación que me habían pedido. Un blog que apenas actualizaba. Diecisiete cosas compitiendo por las mismas veinticuatro horas.

El resultado era predecible: todo avanzaba a paso de tortuga. Nada recibía la atención que merecía. Y yo vivía en un estado permanente de culpa porque siempre había algo que estaba descuidando.

La cultura del "hacer más"

Vivimos rodeados de mensajes que glorifican hacer más. Levántate a las cinco. Ten un side project. Escribe un libro. Monta un podcast. Aprende un idioma. Haz deporte. Medita. Lee treinta libros al año. Sé productivo. Sé creativo. Sé la mejor versión de ti mismo, pero de una forma que implique estar ocupado todo el santo día.

La verdad es que yo me compré esa narrativa durante años. La compré entera, sin cuestionarla. Porque encajaba con mi personalidad: soy curioso, me interesa todo, empezar cosas nuevas me genera una dopamina que no me da terminarlas. Así que "hacer más" me sonaba a plan perfecto.

Pero hay un problema matemático que es imposible de ignorar: el tiempo es finito. No lo digo como frase motivacional de cuñado. Lo digo como hecho objetivo. Tienes las horas que tienes. Y cada hora que dedicas a algo es una hora que no dedicas a otra cosa. Cada sí es un no implícito a todo lo demás.

Cuando dejé de competir y empecé a construir, una parte de esa transición fue exactamente esto: dejar de intentar estar en todos los sitios y elegir en cuáles quería estar de verdad.

Séneca tenía 2.000 años de ventaja

Séneca escribió "De la brevedad de la vida" hace dos mil años y el tío ya sabía exactamente de qué iba esto. Su argumento es sencillo: no es que la vida sea corta. Es que la desperdiciamos. Dedicamos tiempo a cosas que no importan, a compromisos que no queremos, a proyectos que no nos representan. Y luego nos quejamos de que el tiempo no da.

Lo que me gusta de Séneca es que no era un monje asceta predicando desde una cueva. Era un tipo riquísimo, políticamente activo, que vivía en el centro del imperio más poderoso del mundo. Sabía perfectamente lo que era estar rodeado de oportunidades, compromisos y distracciones. Y aun así, o precisamente por eso, insistía en que la clave era elegir menos y mejor.

Hay una frase suya que tengo apuntada en un post-it en mi escritorio: "No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, sino que son difíciles porque no nos atrevemos." Aplicada a esto: no descartamos porque sea difícil elegir, sino que elegir parece difícil porque no nos atrevemos a descartar.

Los tres filtros

Mi sistema actual para decidir qué hago y qué no es muy simple. Tres preguntas.

Primera: ¿esto me acerca a donde quiero estar dentro de tres años? No dentro de un mes, no dentro de seis meses. Tres años. Porque el corto plazo es traicionero. A corto plazo, casi todo parece urgente o interesante. A tres años vista, las cosas se aclaran mucho. Si un proyecto no encaja en mi visión a tres años, lo descarto. Da igual lo interesante que sea hoy.

Segunda: ¿soy la persona adecuada para esto? Esta es la que más me ha costado internalizar. Porque mi ego me dice que soy la persona adecuada para todo. Pero no es verdad. Hay cosas que otros hacen mejor, más rápido o con más ganas. Insistir en hacerlas yo no es eficiencia. Es vanidad.

Tercera: ¿qué pasa si digo que no? Esta pregunta es liberadora. Porque la mayoría de las veces la respuesta honesta es: no pasa nada. No se cae el mundo. No se enfada nadie (o se enfada un poco y se le pasa). No pierdo una oportunidad irrecuperable. Simplemente no hago esa cosa y la vida sigue exactamente igual.

De diecisiete proyectos pasé a cinco. De cinco pasé a tres. Hoy tengo tres proyectos activos: TramitApp, este blog (que incluye toda mi estrategia de marca personal) y mi infraestructura personal con los agentes de IA. Tres. Y cada uno recibe más atención de la que recibían los diecisiete juntos.

Decir que no es una habilidad, no un rasgo de personalidad

Hace poco escribí que la curiosidad es una disciplina. Pues decir que no también lo es. No naces sabiendo decir que no. Lo aprendes. Y al principio duele. Duele mucho.

Duele porque decir que no a un proyecto es decir que no a la persona que te lo propuso. Es decir que no a una versión de ti mismo que podría ser interesante. Es renunciar a algo que quizá funcione. Es aceptar que no puedes hacerlo todo.

Pero con el tiempo descubres algo: la gente que importa respeta un no bien argumentado. De hecho, lo respeta más que un sí a medias. Porque un sí a medias es una promesa que vas a incumplir. Un no honesto es una muestra de criterio.

Greg McKeown en "Essentialism" lo formula de una manera que me parece perfecta: "Si no es un sí rotundo, es un no." Suena radical. Pero funciona. Porque te obliga a preguntarte de verdad si quieres hacer eso, no si puedes hacerlo ni si deberías hacerlo ni si quedaría feo negarte.

La paradoja de la productividad

Hay algo paradójico en todo esto. Desde que hago menos cosas, produzco más resultados. Y no es magia. Es matemática simple.

Cuando tenía diecisiete proyectos, el coste de cambiar de contexto era brutal. Cada vez que pasaba de uno a otro, necesitaba veinte minutos para cargar el contexto mental. ¿Dónde me había quedado? ¿Cuáles eran las prioridades? ¿Qué estaba pendiente? Esos veinte minutos multiplicados por los cambios de contexto diarios sumaban horas. Horas que no producían nada.

Ahora, con tres proyectos, puedo dedicar bloques grandes de tiempo a cada uno. Mañanas enteras sin cambiar de tema. Y en esos bloques, la profundidad de trabajo es incomparable. Entras en ese estado de flujo donde las horas pasan volando y al final del día tienes algo real entre las manos.

Los metahumanos de los que hablé son gente que ha entendido esto intuitivamente. No multiplican su impacto haciendo más cosas. Lo multiplican haciendo menos cosas con más profundidad y usando la IA para amplificar los resultados.

Cal Newport lleva años predicando esto con su concepto de "deep work": el trabajo profundo, sin distracciones, durante bloques largos, produce resultados exponencialmente mejores que el trabajo fragmentado. Y la condición indispensable para el trabajo profundo es tener pocas cosas en las que trabajar.

Lo que he dejado de hacer (lista concreta)

Para que esto no se quede en filosofía, aquí va la lista real de cosas que he dejado de hacer en los últimos dos años:

He dejado de dar formaciones presenciales. Me gustaban, pero consumían días enteros entre preparación, viaje y ejecución. El retorno no justificaba el tiempo.

He dejado de colaborar en proyectos de terceros "porque son amigos". Suena duro. Pero la amistad no se mide en horas de trabajo gratis. Ahora quedo a cenar con esos amigos en vez de trabajar para ellos.

He dejado de mantener redes sociales que no uso activamente. Cerré cuentas, desinstalé apps, eliminé la tentación de "estar presente en todas partes". Ahora estoy presente en dos sitios y en los dos estoy de verdad.

He dejado de leer newsletters "por si acaso". Tenía treinta y siete suscripciones. Ahora tengo cuatro. Las cuatro me aportan algo concreto cada semana.

He dejado de asistir a eventos "de networking". No porque el networking sea malo, sino porque el noventa por ciento de esos eventos no produce ninguna relación real. Ahora quedo a comer con una persona concreta que me interesa conocer. Una conversación de una hora vale más que veinte tarjetas de visita.

Montaigne y el arte de quedarse quieto

Montaigne se retiró a su torre a los treinta y ocho años. Dejó la vida pública, se encerró en su biblioteca y se dedicó a escribir los Ensayos. No porque fuera un ermitaño. Porque entendió que para pensar con claridad necesitaba espacio. Y para tener espacio necesitaba decir que no a casi todo lo demás.

No estoy proponiendo que te retires a una torre. Pero sí que la idea de fondo es potente: la claridad mental requiere espacio. Y el espacio se crea eliminando, no añadiendo.

Cada compromiso que adquieres ocupa espacio mental, aunque no le dediques tiempo activo. Solo el hecho de saber que tienes algo pendiente consume recursos cognitivos. Es lo que los psicólogos llaman el efecto Zeigarnik: las tareas incompletas ocupan más espacio mental que las completadas. Así que cada proyecto abierto, cada promesa hecha, cada "ya lo haré" que arrastras, está robándote capacidad para lo que de verdad importa.

Menos, pero de verdad

De diecisiete a tres. Ese es mi viaje de los últimos años. Y la verdad es que nunca he sido más productivo, más creativo ni más feliz con mi trabajo. No porque tres sea un número mágico. Sino porque tres es el número que me permite dar lo mejor de mí a cada cosa.

Cuando hablo con mis hijos sobre el futuro, una de las cosas que les repito es que van a tener que elegir. Que el mundo les va a ofrecer mil opciones y que la tentación va a ser quererlo todo. Pero que la gente que realmente consigue cosas no es la que hace más. Es la que elige mejor.

No sé si me hacen caso. Tienen la edad de no hacerle caso a nadie, y menos a su padre. Pero espero que algún día, cuando se vean con diecisiete proyectos abiertos y la sensación de que el tiempo no da, recuerden esta idea: el arte no está en hacer más. Está en saber qué quitar.

Y lo más difícil de quitar es siempre lo que te gusta. Porque las cosas que no te gustan las quitas sin problema. Las que te gustan pero no encajan, esas son las que duelen. Ahí es donde se demuestra si vas en serio o si estás jugando a ser productivo.

Yo todavía estoy aprendiendo. Pero al menos ahora sé hacia dónde va el camino.

Deja un comentario ¡Tu opinión me interesa!

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Ya casi somos 5.000 trabajadores inteligentes. ¿Te unes a nosotros?

¡Quiero suscribirme!