En 1997, mi padre me dijo que internet era una moda pasajera. Literalmente. Estábamos en el salón de casa, yo con 14 años, intentando convencerle de que necesitábamos una conexión a internet. «Eso es para frikis y para americanos», me soltó mientras veía las noticias. «Ya se les pasará.»
No se les pasó.
Llevo casi treinta años trabajando con tecnología y he tenido el privilegio —o la desgracia, según se mire— de vivir en primera fila las tres grandes revoluciones tecnológicas de nuestra era. Internet, el smartphone y ahora la inteligencia artificial. Y la verdad es que, después de la tercera, ya puedo confirmar algo que sospechaba desde la segunda: el guion es siempre el mismo. Exactamente el mismo. Cambian los actores, cambian los cacharros, pero la obra no varía ni una coma.
Acto I: «Eso no va a funcionar»
Cuando internet empezó a colarse en los hogares españoles, a mediados de los noventa, la reacción mayoritaria fue de escepticismo educado. O sea, la gente no decía que fuera malo, simplemente no le veía el sentido. ¿Para qué iba a querer yo mandar un correo electrónico pudiendo llamar por teléfono? ¿Quién va a comprar algo sin tocarlo primero? ¿Una enciclopedia gratis escrita por voluntarios? Venga, hombre.
Los que estábamos enganchados a aquello éramos unos frikis. Y no lo digo con cariño retrospectivo, lo digo porque así nos llamaban. Había algo casi vergonzoso en admitir que pasabas horas delante de un ordenador navegando por páginas que tardaban cuarenta segundos en cargar una foto.
Diez años después, en 2007, Steve Jobs presentó el iPhone. Y Steve Ballmer, CEO de Microsoft —la empresa tecnológica más grande del mundo en ese momento—, se rio en televisión. Literalmente. «Five hundred dollars? Fully subsidized? With a plan?» Y soltó una carcajada que hoy debería estar en los libros de texto de las escuelas de negocio como ejemplo de lo que no hay que hacer. Microsoft tardó años en reaccionar. Años que le costaron el mercado móvil entero.
Ahora estamos en 2026 y el patrón se repite con la IA. «Es una burbuja.» «Solo genera texto mediocre.» «Nunca sustituirá a un profesional de verdad.» Las frases son distintas, pero el tono es idéntico. Es el mismo escepticismo educado de siempre. La misma negación disfrazada de prudencia.
Acto II: El caos de los conversos tardíos
Hemingway escribió una frase sobre la bancarrota en Fiesta que aplica perfectamente a la adopción tecnológica: «Gradually, then suddenly.» Poco a poco, y luego de repente.
Con internet pasó exactamente así. Durante años fue cosa de cuatro gatos. Y de pronto, hacia 2002 o 2003, todo el mundo necesitaba una página web. Pero no porque hubieran entendido para qué servía, sino porque el vecino ya tenía una. Recuerdo perfectamente la avalancha de empresas que querían «estar en internet» sin tener la más remota idea de qué significaba eso. Páginas web que eran folletos digitales. Direcciones de correo que nadie revisaba. Presupuestos absurdos para cosas que no necesitaban.
Con los smartphones, la fase de caos fue más corta pero igual de delirante. De repente, entre 2010 y 2013, todas las empresas necesitaban una app. Daba igual que no tuvieran ni web decente. «Necesitamos una app.» ¿Para qué? «Para estar.» Se gastaron millones en aplicaciones que nadie descargó y que no resolvían ningún problema real. Yo vi presupuestos de 80.000 euros para apps que hacían lo mismo que una página móvil bien hecha.
Con la IA estamos entrando en esa fase ahora mismo. De hecho, creo que llevamos unos meses metidos de lleno. Empresas que hace un año decían que ChatGPT era un juguete, ahora quieren «implementar IA» en todo. Sin estrategia, sin formación, sin entender qué problema resuelven. Compran licencias, contratan consultores, hacen pilotos que no llegan a nada. Es el mismo patrón de siempre: la adopción por pánico en lugar de por comprensión.
Lo que nadie te cuenta: la ventana se estrecha
Pero aquí viene lo que de verdad me preocupa, y lo que me motivó a escribir este post. El margen de reacción se ha reducido drásticamente con cada revolución.
Internet tardó unos quince años en pasar de curiosidad a infraestructura básica. Si te pillaba el toro en 2005, aún podías reaccionar. Había tiempo. Los smartphones comprimieron ese ciclo a unos siete u ocho años. Si no tenías estrategia móvil en 2015, ibas tarde, pero todavía podías remontar.
La IA está comprimiendo todo eso a dos o tres años. Como mucho.
Yo tengo más de 80 agentes de IA funcionando en producción. No lo digo para presumir, lo digo para dar contexto. Llevo desde 2023 construyendo, probando, fallando y aprendiendo. Y cada mes que pasa, la distancia entre los que están experimentando y los que siguen en la fase de negación se hace más grande. No linealmente. Exponencialmente.
La diferencia con las revoluciones anteriores es que la IA no es solo una herramienta nueva. Es un multiplicador. Internet te dio acceso a información. El móvil te dio acceso a todo desde cualquier sitio. La IA te da capacidad de ejecución. Puedes hacer en una tarde lo que antes llevaba una semana. Claro, si sabes cómo usarla. Y ahí está la trampa.
Los mismos de siempre
¿Sabéis qué es lo que más gracia me hace? Que las personas que están rezagadas con la IA son, en muchos casos, las mismas que llegaron tarde a internet y las mismas que tardaron en entender el móvil. No todas, pero hay un patrón claro.
Es gente que confunde prudencia con inmovilismo. Que dice «voy a esperar a que madure» como si la tecnología fuera un aguacate. Que cree que ser escéptico les hace parecer inteligentes. En realidad, ser escéptico ante la evidencia no es inteligencia, es pereza intelectual.
Yo también fui escéptico con cosas. Llegué tarde a Twitter, por ejemplo. Me parecía una tontería. Y cuando quise entrar, la conversación ya estaba avanzada y el coste de ponerme al día era mucho mayor. Aprendí la lección. Ahora prefiero equivocarme por exceso de curiosidad que por defecto.
De hecho, hay una pregunta que me hago cada vez que veo algo nuevo y mi primera reacción es «bah, eso no es para mí»: ¿estoy pensando esto con datos o estoy repitiendo el guion de siempre? Porque el guion de siempre es cómodo. No requiere esfuerzo. Pero tiene un coste enorme.
La parte práctica (porque siempre la pido)
No voy a decirte que dejes todo y te pongas a aprender IA mañana. Bueno, en realidad sí. Pero déjame matizarlo.
Lo que deberías hacer es lo mismo que deberías haber hecho en 1998 con internet o en 2008 con el smartphone: experimentar sin presión. No necesitas montar un negocio de IA. No necesitas hacerte experto. Necesitas usarla para algo real de tu día a día. Un email que no sabes cómo escribir. Un análisis de datos que te llevaría horas. Una presentación que tienes que preparar para el viernes.
Empieza por ahí. Por lo pequeño. Pero empieza.
Porque lo que he aprendido en estas tres revoluciones es que el coste de experimentar pronto es ridículo. Unas horas, algo de frustración inicial, algún resultado mediocre. Vamos, nada grave. En cambio, el coste de esperar es brutal. No porque te quedes fuera —siempre puedes entrar después—, sino porque entrar después significa competir con gente que lleva años de ventaja.
El patrón no falla
Negación, adopción caótica, normalización. Así fue con internet. Así fue con el móvil. Así será con la IA. Lo único que cambia es la velocidad.
La pregunta no es si la IA va a transformar tu sector. Eso ya está respondido. La pregunta es si cuando ocurra vas a ser de los que llevan dos años experimentando o de los que dicen «es que nadie me avisó.»
Esto va en serio. Y cada vez hay menos tiempo para darse cuenta.

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