Mi peor decisión profesional (y lo que saqué de ella)

Mi peor decisión profesional (y lo que saqué de ella)

Hay una cosa que me molesta bastante de la cultura emprendedora actual. Todo el mundo cuenta las victorias. Los hitos, los cierres de ronda, los crecimientos del tropecientos por ciento. Pero casi nadie habla de las veces que la cagó de verdad. De las decisiones que te quitan el sueño. De los meses en los que abres el banco por la mañana con un nudo en el estómago.

Hoy voy a hablar de eso. De mi peor decisión profesional. Porque creo que aporta más que otro post sobre lo genial que es tener ochenta agentes de IA.

El contexto

Esto pasó hace unos años, en una etapa en la que TramitApp ya funcionaba pero todavía no era lo que es hoy. Teníamos producto, teníamos clientes, pero todavía estábamos buscando nuestro hueco real en el mercado. Esa fase incómoda en la que ya no eres una startup que empieza pero tampoco eres una empresa consolidada.

En ese momento me llegó una oportunidad. Un proyecto paralelo con un socio que conocía del sector. La idea sobre el papel era brillante: una plataforma que combinaba lo que nosotros sabíamos hacer con un mercado nuevo que estaba creciendo rápido. Los números parecían buenos. El socio tenía contactos. Todo encajaba.

O eso pensé.

La decisión

Decidí meterme. No a medias, sino en serio. Dinero, tiempo y atención. Las tres cosas que un emprendedor tiene en cantidad limitada y que yo repartí alegremente entre TramitApp y el proyecto nuevo.

La lógica era: diversificar. No poner todos los huevos en la misma cesta. Tener un plan B por si acaso. Todo muy sensato. Todo muy de manual de gestión empresarial.

El problema es que los manuales de gestión empresarial están escritos para empresas que ya tienen equipos grandes, recursos de sobra y procesos que funcionan solos. Yo no tenía nada de eso. Lo que tenía era un negocio que necesitaba toda mi atención y al que estaba robándole horas para dedicarlas a otra cosa.

Lo que salió mal

Todo.

Bueno, no todo. Pero casi. El proyecto nuevo empezó bien, como suelen empezar todas las cosas. Las primeras semanas fueron pura adrenalina. Ideas nuevas, posibilidades infinitas, la emoción de construir algo desde cero otra vez.

Pero la realidad empezó a morder pronto. El socio y yo teníamos visiones distintas sobre casi todo. Sobre el producto, sobre el mercado, sobre los tiempos, sobre cuánto había que invertir. No eran diferencias irreconciliables al principio, pero se fueron acumulando. Y como ninguno de los dos quería ser el que dijera "esto no funciona", seguimos adelante.

Mientras tanto, TramitApp empezó a resentirse. No de forma dramática, sino de la peor forma posible: poco a poco. Reuniones que no preparaba bien. Decisiones que posponía. Problemas que dejaba crecer porque "ya los miraré mañana". El equipo lo notó. Los clientes lo notaron. Y yo lo sabía, pero me convencía de que era temporal.

Spoiler: nunca es temporal.

El punto más bajo

Hubo una semana concreta que recuerdo con claridad. Un lunes por la mañana. Tenía una reunión importante con un cliente grande de TramitApp y una presentación del proyecto nuevo el mismo día por la tarde. No había preparado ninguna de las dos bien. Llegué a la reunión del cliente improvisando, que para alguien que lleva más de diez años montando negocios es inaceptable. Y la presentación de la tarde fue un desastre.

Esa noche llegué a casa, me senté en el sofá y pensé: "Estoy haciéndolo todo mal". No una cosa mal. Todo. Estaba fallando en el negocio que funcionaba por intentar que funcionara otro que probablemente no iba a funcionar nunca.

Mi mujer, que tiene bastante más sentido común que yo, me dijo algo que me quedó grabado: "Llevas meses diciendo que esto es temporal. ¿Cuándo se acaba lo temporal?". No supe qué contestar.

La salida

Tardé todavía unas semanas en tomar la decisión, que es parte del problema. Cuando sabes que algo no funciona pero no actúas, cada día que pasa lo hace más difícil. Pero al final lo hice: hablé con el socio, cerré el proyecto y asumí las pérdidas.

No fueron solo pérdidas económicas, que también. Fueron meses de tiempo que no recuperas. Fue desgaste del equipo. Fue la confianza de algunos clientes que tuve que reconstruir. Fue, sobre todo, la sensación de haber sido tan listo que me las arreglé para ser idiota.

Séneca tiene una frase que dice algo así como que no es que la vida sea corta, sino que la desperdiciamos mucho. Vaya si la desperdiciamos. Yo tiré medio año de mi vida profesional persiguiendo algo que mi instinto me decía desde el segundo mes que no iba a funcionar. Pero mi ego no quería escuchar.

Lo que aprendí (de verdad, no la versión edulcorada)

Ahora viene la parte en la que se supone que tengo que decir que de los errores se aprende y que todo pasa por algo. Y sí, es verdad. Pero voy a ser honesto: las lecciones de los fracasos se sobrevaloran bastante.

Lo que aprendí no fue ninguna revelación cósmica. Fue algo mucho más prosaico:

No diversifiques cuando no puedes permitírtelo. La diversificación es un lujo de los que ya tienen algo sólido. Si tu negocio principal todavía necesita tu atención completa, dársela a otro es como regar el jardín del vecino mientras el tuyo se seca. Dejé de competir y empecé a construir precisamente cuando acepté que mi energía tiene que ir a un solo sitio.

Las señales de que algo no funciona aparecen pronto. El problema no es verlas. Es querer verlas. Yo las vi desde el principio. Las diferencias con el socio, los tiempos que no cuadraban, la falta de tracción real. Pero elegí ignorarlas porque admitir que te has equivocado es incómodo. Y cuanto más inviertes en algo, más incómodo se vuelve.

El coste de oportunidad es real y es brutal. Cada hora que dediqué al proyecto fallido fue una hora que no dediqué a TramitApp. Y TramitApp estaba en un momento en el que esas horas habrían marcado la diferencia. No es solo lo que pierdes. Es lo que dejas de ganar.

Los socios son como los matrimonios: hay que elegir muy bien. No basta con que alguien sea bueno en lo suyo. Tiene que haber alineación en valores, en visión y en forma de trabajar. Si eso no existe, todo lo demás da igual. Y Combinator lleva años diciendo que la mayoría de startups mueren por problemas entre cofundadores, no por problemas de mercado. Les creo.

Por qué cuento esto

Hay una tendencia, especialmente en LinkedIn y en el mundillo emprendedor, a presentar una versión editada de la realidad. Los fracasos se convierten en "aprendizajes". Los errores se envuelven en narrativas heroicas de superación. Todo suena muy bonito, muy limpio, muy inspirador.

Pero la verdad es más sucia. La verdad es que tomé una mala decisión por ego, por ambición mal dirigida y por no querer escuchar lo que ya sabía. No hubo heroísmo. Hubo cabezonería. Y la lección no fue iluminadora. Fue cara y dolorosa.

La autenticidad de verdad no es contar solo las cosas bonitas con un filtro de vulnerabilidad calculada. Es contar las cosas como son, incluyendo las partes que no te dejan bien.

Charlie Munger, el socio de Buffett, decía que donde más quieres estar es donde tus competidores no quieren ir. Creo que con la vulnerabilidad pasa lo mismo. Donde nadie quiere hablar es exactamente donde están las lecciones más valiosas.

El después

Después de cerrar el proyecto, volqué toda mi energía en TramitApp. Cambié mi forma de trabajar. Me centré en lo que importaba. Dejé de buscar la siguiente oportunidad brillante y me dediqué a hacer bien lo que ya tenía entre manos.

Y funcionó. No de forma mágica ni de la noche a la mañana. Pero poco a poco las cosas empezaron a mejorar. Porque resulta que cuando le das a algo tu atención completa, ese algo responde.

¿Repetiría el error? No. ¿Me arrepiento? Tampoco, porque sin esa hostia probablemente seguiría repartiendo mi atención entre proyectos que suenan bien pero que me alejan de donde quiero estar.

Así que si estás en un momento parecido, con un pie en un sitio y otro en otro, hazte la pregunta que me hizo mi mujer: ¿cuándo se acaba lo temporal? Y si no tienes respuesta, probablemente ya la tienes.

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