Tengo un agente de IA que se llama Orión y hace outbound de verdad: resuelve el contacto, redacta, envía con frenos y gestiona las respuestas. Os cuento exactamente qué hace cada noche, porque el diseño es copiable a casi cualquier B2B.
El contexto mínimo: soy CRO de TramitApp. Un radar aparte le deja a Orión una cola de señales de compra sacadas de registros públicos — sobre todo adjudicaciones: quien acaba de ganar una contrata de limpieza, seguridad o ayuda a domicilio está desplegando plantilla en ese mismo momento, y justo entonces el problema que nosotros resolvemos más le duele. El radar detecta y se para. Orión hace todo lo demás.
Su ciclo, paso a paso:
Uno: cada noche coge las mejores señales de la cola y las filtra contra nuestro perfil de cliente (10-500 empleados, España). Detalle fino: si la señal es de una marca, el lead es el franquiciado local, no la marca.
Dos: resuelve el contacto él solo. Baja la web pública de la empresa y saca la mejor vía en escalera: email de negocio del dominio, formulario, teléfono, LinkedIn. Del aviso legal — obligatorio por ley — saca razón social y CIF. Todo con una línea roja: solo información publicada. Sin data brokers, sin bases compradas, sin saltarse logins.
Tres: cruza con el CRM justo antes de actuar, nunca antes. Si es cliente, ni tocarlo — y si su señal era una queja, lo que sale es una alerta interna a atención al cliente, no un email comercial. Si ya hay un deal o histórico, tarea al comercial que lo lleva, con la señal y el ángulo. Si nos dijo que no hace años, va a otro agente que trabaja cuentas dormidas. Y si es un grupo muy grande, no se le escribe a info@: me deja una tarea para que decida yo cómo entrar.
Cuatro: redacta el borrador con tres reglas fijas. Solución concreta al dolor detectado, no una descripción genérica del producto. Un dato real de la empresa. Y la señal solo se menciona si es pública y no embarazosa — una queja o una denuncia jamás se citan, aunque hayan servido para priorizar.
Cinco: envía él, con red. Los borradores buenos los aprueba el propio sistema y salen por goteo: diez al día las primeras semanas, en horario laboral, con freno automático si algo falla en el envío. Yo recibo cada mañana un informe con todo lo que va a salir y una ventana de veto hasta las 9:30. Un único follow-up automático a los seis días, y en paz.
Y seis: cierra el bucle solo. Un proceso lee el buzón cada hora: un «no me escribáis más» se convierte en supresión permanente automática, sin esperar a nadie; una respuesta me llega con el texto literal; un rebote marca el email como malo.
¿Por qué está montado así? Dos cicatrices. La primera versión buscaba señales por la web abierta: doce pasadas, cero leads — la misma información existía, pero solo rindió cuando apuntamos a registros estructurados con nombre e importe. Y la segunda versión me tenía a mí aprobando cada email a mano: yo era el cuello de botella. La solución no fue quitarme del medio, fue cambiar mi papel: de aprobar antes a poder vetar después, con límites duros que no dependen de que yo esté atento.
Si quieres montarte algo así, las tres decisiones que importan: separa detectar de actuar (dos agentes, no uno que hace todo regular); haz del cruce con tu CRM una línea roja previa al contacto — un email comercial a un cliente enfadado cuesta más que cien leads; y dale autonomía con vetos y frenos automáticos, no con tu aprobación previa en cada paso, porque entonces el agente eres tú.
Este retrato forma parte de la serie Los agentes de la empresa agéntica: los agentes de IA reales que tengo funcionando, contados uno a uno — qué problema tenían, cómo trabajan, qué falló. El próximo: Golem, el notario.

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