Mi hija me preguntó el otro día qué debería estudiar. Así, a bocajarro, mientras cenábamos. Y yo me quedé con el tenedor a medio camino de la boca, sin saber qué decir. No porque no tenga opinión — opinión tengo sobre casi todo — sino porque me di cuenta de que cualquier respuesta que le diera sería, en el mejor de los casos, una apuesta. Y en el peor, una mentira.
La verdad es que no tengo ni idea de qué trabajos habrá cuando mi hija termine la carrera. Y sospecho que nadie la tiene, aunque muchos finjan lo contrario.
El sistema que prepara para un mundo que ya no existe
Cuando yo era pequeño, el camino estaba claro. Estudias, sacas buenas notas, entras en la universidad, consigues un título, buscas trabajo, te jubilan. Ese contrato social funcionó durante décadas. Pero es que ese contrato lo diseñaron los prusianos en el siglo XIX. Literalmente. El modelo educativo que seguimos en España — y en casi toda Europa — nació para fabricar funcionarios obedientes y obreros eficientes para la revolución industrial. Niños sentados en filas, memorizando datos, repitiendo lo que dice el profesor, siendo evaluados por su capacidad de recordar información.
En 1810 eso tenía sentido. En 2026, con toda la información del mundo a un clic, seguir midiendo a los chavales por cuánto memorizan es como evaluar a un piloto por lo bien que monta a caballo.
La Selectividad es el ejemplo perfecto. Un examen que mide fundamentalmente tu capacidad de retener datos durante unos meses y vomitarlos en un folio. Eso es lo que decide tu futuro académico. No tu capacidad de resolver problemas, ni de pensar con claridad, ni de comunicar ideas, ni de trabajar con otros. Tu memoria a corto plazo.
La universidad vende certezas en la era de la incertidumbre
Hay un dato del World Economic Forum que me persigue desde que lo leí: el 65% de los niños que hoy entran en primaria trabajarán en empleos que todavía no existen. Piénsalo un momento. Más de la mitad de los chavales que ahora mismo están aprendiendo a leer terminarán haciendo algo que ni siquiera podemos imaginar.
Y sin embargo, las universidades siguen vendiendo grados de cuatro años como si el mundo fuera a quedarse quieto esperando a que termines. Yo no digo que la universidad no sirva para nada — aprendí cosas valiosas, conocí gente importante en mi vida, desarrollé cierta disciplina. Pero el título en sí mismo, ese papel enmarcado que se supone que te abre puertas, cada vez vale menos como garantía de nada.
Lo que me molesta de verdad no es que la universidad exista. Es que se vende como una certeza. «Estudia esto y tendrás trabajo.» Eso ya no funciona así. De hecho, algunos de los profesionales más demandados del mercado actual — ingenieros de prompts, especialistas en IA generativa, diseñadores de experiencias inmersivas — ni siquiera tenían una carrera a la que apuntarse hace cinco años.
Lo que no te enseñan y deberían
Montaigne escribió en el siglo XVI que «es preferible una cabeza bien formada que una cabeza bien llena». Cuatrocientos años después seguimos llenando cabezas en vez de formarlas. Es casi cómico si no fuera tan triste.
Yo he contratado a mucha gente a lo largo de los años. Y lo que he aprendido es que las habilidades que de verdad separan a los que funcionan de los que no tienen poco que ver con lo que estudiaron. Lo que marca la diferencia es esto:
Pensamiento crítico. La capacidad de mirar algo y preguntarte si es verdad antes de aceptarlo. Esto no se enseña en el colegio. De hecho, se castiga. Al chaval que cuestiona al profesor le llaman problemático. Al que repite como un loro le ponen un diez.
Velocidad de aprendizaje. No cuánto sabes, sino cuánto tardas en aprender algo nuevo. En un mundo donde las herramientas cambian cada seis meses, la persona que aprende rápido siempre ganará a la que sabe mucho pero de cosas obsoletas.
Comunicación. Saber explicar una idea con claridad, por escrito y de viva voz. Es la habilidad más infravalorada del mundo profesional. He visto a gente brillante hundirse porque no sabía articular lo que pensaba. Y a gente mediocre prosperar porque lo contaba muy bien.
Curiosidad como disciplina. No hablo de la curiosidad romántica del que lee un artículo y dice «qué interesante». Hablo de la curiosidad que te lleva a rascarte tres horas con algo que no entiendes hasta que lo entiendes. Eso no te lo enseña ningún grado. Eso lo entrenas o no lo tienes.
Tolerancia a la incertidumbre. Esta es la grande. Vivimos en una época donde nadie sabe qué va a pasar en cinco años. Ni en dos. La gente que necesita certezas para funcionar lo va a pasar muy mal. Y nuestro sistema educativo, con sus programas cerrados y sus respuestas correctas predeterminadas, entrena exactamente lo contrario: te enseña que para cada pregunta hay una respuesta correcta y que tu trabajo es encontrarla.
Pero el mundo real no funciona así. En el mundo real, la mayoría de las preguntas importantes no tienen una respuesta correcta. Tienen trade-offs, matices, contextos.
La honestidad como herramienta educativa
Séneca le escribió a Lucilio que el mayor enemigo del aprendizaje no es la ignorancia, sino la ilusión de conocimiento. Y yo creo que eso es exactamente lo que hacemos cuando le decimos a un chaval de 17 años «estudia Derecho que siempre tiene salida» o «hazte ingeniero que eso no falla». Le estamos dando una ilusión de certeza que no existe. Y encima se la damos con la mejor intención del mundo, que es lo peor.
Así que cuando mi hija me preguntó qué debería estudiar, le dije la verdad. Le dije que no lo sé. Que nadie lo sabe. Que el mundo está cambiando tan rápido que cualquier consejo concreto que le dé hoy puede ser obsoleto antes de que termine la carrera.
Pero le dije algo más. Le dije que lo que sí puedo ver — porque lo vivo cada día en mi trabajo — es que la gente que prospera no es la que tiene el mejor título. Es la que sabe adaptarse. La que no le tiene miedo a no saber algo. La que ante un problema nuevo no se paraliza, sino que se pone a investigar.
Le dije que aprenda a escribir bien, porque da igual lo que pase con la tecnología, la capacidad de articular ideas seguirá siendo fundamental. Que aprenda a leer con criterio, a distinguir lo que tiene sustancia de lo que es ruido. Que se acostumbre a la incomodidad de no tener todas las respuestas, porque esa incomodidad va a ser la norma, no la excepción.
Lo que de verdad me preocupa
No me preocupa que mis hijos no encuentren trabajo. De una forma u otra, se buscarán la vida. Lo que me preocupa es que el sistema educativo les meta en la cabeza que hay un camino seguro y que si lo siguen estarán protegidos. Porque eso es mentira. Y cuando lo descubran — cuando la realidad les estalle en la cara — la decepción será proporcional a la promesa.
Me preocupa que les enseñen a buscar la respuesta correcta en vez de a hacerse las preguntas correctas. Que les premien por memorizar en vez de por pensar. Que les castiguen por equivocarse cuando equivocarse es literalmente la única forma de aprender algo de verdad.
De hecho, la IA está acelerando todo esto de una manera que mucha gente todavía no ha procesado. Hoy en día, cualquier persona con acceso a internet puede generar textos, código, análisis, traducciones, diseños. Las tareas que antes requerían años de formación específica ahora las hace una máquina en segundos. Eso no significa que la formación no importe — significa que lo que importa ha cambiado. Ya no se trata de saber hacer cosas. Se trata de saber qué cosas hacer y por qué.
Lo que le queda a un padre
Yo no tengo la solución. Ojalá la tuviera. Pero creo que lo más honesto — y probablemente lo más útil — que puedo hacer por mis hijos es no fingir que la tengo.
Puedo enseñarles a leer. No a descifrar letras, que eso ya lo saben, sino a leer de verdad: con atención, con espíritu crítico, buscando entender en vez de confirmar lo que ya creen. Puedo enseñarles que equivocarse no es fracasar, sino parte del proceso. Puedo intentar que no les dé miedo la incertidumbre, aunque a mí a veces me aterrorice.
Y sobre todo, puedo dejar de mentirles. Puedo dejar de decirles que si estudian mucho todo irá bien, porque eso ya no es verdad — si es que alguna vez lo fue. Puedo decirles que el mundo es incierto, que nadie tiene el mapa, y que eso, lejos de ser un problema, es una oportunidad. Porque en un mundo donde nadie sabe qué va a pasar, la ventaja no la tiene el que más sabe, sino el que más rápido aprende.
Mi hija no me pidió una respuesta. Me pidió orientación. Y quizá la mejor orientación que puedo darle es enseñarle a caminar sin mapa. A disfrutar del camino incluso cuando no sabes adónde lleva. A confiar en su capacidad de adaptarse.
Eso no sale en ningún examen de Selectividad. Pero puede que sea lo único que de verdad importa.

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